Con estas palabras (o parecidas) empieza una gran historia. Con estas palabras pretendo iniciar otra gran historia. La del mozo de almacén que tuvo una ida de olla y una vuelta de tuerca. En realidad, mi almacén (permitidme que lo denomine MI almacén), aunque no es húmedo, es polvoriento, no es sucio pero mancha, no es repugnante pero odio entrar y amo salir de él. Hay restos de cajas, de papeles, trozos de palets y cosas que prefiero no imaginar. Huele a palet, a sudor de chófer, a pedo atrapado entre pasillos y a colonia de vieja. No es seco pero hay gente muy seca, afortunadamente gente desnuda no hay, y arena, bueno, llamémosle polvo del camino. Hay cosas en las que sentarse, por supuesto, pero poco tiempo para hacerlo. Hay cosas que comer, eso sí, cuando mis compañeros todavía no han descubierto mis escondrijos secretos. Y por último, comodidad la justa. Si tumbarte encima de las cajas significa comodidad, puede que lo sea. Tampoco es que me sobre el tiempo para tumbarme.
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| No es mi almacén pero se parece un webo. |
Hemos hablado del largo y el ancho. A lo alto tenemos que decir que tiene una altura de cojones. Aunque las malditas lámparas y los tubos de aire acondicionado nunca están lo suficientemente altos cuando subes un palet a las alturas. Existe un segundo piso donde se sitúan los vestuarios y la sala de descanso de la plebe, y más al fondo la zona VIP, con despachos y salas de reuniones varias. Normalmente esta zona es poco deseada de frecuentar por un mozo de almacén ya que visitar el despacho de la jefa es sinónimo de que algo no funciona bien en tu departamento y, o lo solucionas o puedes irte buscando otro almacén donde habitar. El despacho de la jefa es como una atalaya, más aún, es Barad-dûr, todo lo domina desde esa altura y nada escapa en todo el almacén a su Ojo. A veces me pregunto por qué pusieron cámaras si desde allí no pierde detalle. Más adelante volveré a este apartado para describir su fauna.
Volvamos a la planta baja, justo a la puerta de entrada, donde encontramos la oficina de atención al público. El despacho del encargado y alguna sala de reunión usada como trastero. Un baño, un cuarto de limpieza y poco más. Al final de un oscuro pasillo el almacén se abre ante nuestros ojos. A un lado, por un portón que insiste una y otra vez en pegarse de ostias con la parte de arriba de los palets, accedemos al muelle donde se descargan los camiones y donde se amontonan los desechos, palets rotos, material roto, restos de obras, y pacas de cartón prensado. Si un día alguien limpiase esta zona descubriría que en realidad el suelo es gris y hay sitio como para celebrar dos bodas.
Volviendo de nuevo al almacén, encontramos que tiene un largo pasillo central, rodeado a ambos lados por estanterías. Al otro lado de estas estanterías, discurren paralelos (y para lelos) al pasillo central sendos pasillos interiores y laterales, que tienen a su vez estanterías perpendiculares, lo que hace un total de 23 pasillos a cada lado, como los cromosomas. Por debajo de la estantería que divide el pasillo central y los pasillos laterales discurre un tren de rodillos eléctrico por el que se deslizan las cubetas con los pedidos. El tren tiene forma de U, parte de uno de los extremos de un pasillo lateral, lo recorre hasta el final, atraviesa el pasillo central por una especie de puente levadizo y sigue por el otro pasillo lateral hasta llegar al final del mismo, donde atraviesa la Tapadora (maquina infernal donde las haya que se merece un capítulo aparte) y luego la Flejadora (amiga hermana de la Tapadora) para desembocar en una rampa que al final se trifurca (atención, palabra inventada, si bifurcar es dividir en 2 ramales, trifurcar será en 3, digo yo) en tres peines o raíles para separar los pedidos para cada ruta.
Estos raíles van a parar al garaje, donde los chóferes cargan los pedidos correspondientes a sus rutas. Entre este garaje, y la zona de pasillos, justo al extremo final del pasillo central, se extiende una zona, mi zona, mi reino, donde se encuentra mi cuartel general, donde ejerzo la mayor parte de mi labor de mozo de almacén. Aunque las circunstancias hayan hecho que yo, un simple mozo de almacén, haya trabajado en todas y cada una de las zonas. Pero eso sería empezar por el final, y las historias, las buenas historias, deben empezar por el principio...















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